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Homenaje al Beato Pozoalbense Bartolomé Blanco que derramó su sangre por ser fiel a Cristo

El pasado viernes, el colegio Salesiano de Pozoblanco con la presencia del Obispo recordó a los mártires de Pozoblanco

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El pasado viernes, el Colegio Salesiano San José de Pozoblanco celebró la memoria de los beatos mártires de la casa salesiana: Antonio Rodríguez, Teresa Cejudo y Bartolomé Blanco. Se realizó una Eucaristía que presidió el Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández.

El Beato Bartolomé Blanco Márquez es uno de los 498 mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX, beatificado el 28 de octubre de 2007. Considerado el patrono de la juventud cordobesa, el pasado viernes, fue recordado en un acto que tuvo lugar a las 19:30 horas, en el colegio Salesiano San José de Pozoblanco, presidido por el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández.

 

El Obispo propuso con fuerza y profundidad la santidad valiente y sencilla de los beatos mártires de Pozoblanco y especialmente propuso al grupo de jóvenes que rezaron y animaron la celebración con sus cantos, sus moniciones y detalles que atendieran al AMOR hecho fe y vida de BARTOLOMÉ BLANCO.

 

Y les propuso vivir con pasión y decisión, como él, su vida en plenitud, lejos de posicionamientos que los despersonalicen, firmemente arraigados en la fe, como Bartolomé, como Teresa, como Antonio.

 

La familia de Bartolomé Blanco ofreció un relicario con sus reliquias y la de sus compañeros en la entrega de la vida, así como el pan y el vino de la Eucaristía. Su presencia confirma la fecundidad de la vida y testimonio de Bartolomé.

 

A continuación, adjuntamos un artículo del sacerdote Francisco J. Granados sobre su figura.

 

Un joven con un corazón de fuego

El Beato Bartolomé Blanco Márquez es uno de los 498 mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX, beatificado el 28 de octubre de 2007. Un gigante en la fe que, con sólo 21 años, derramó su sangre por ser fiel a Cristo y al Evangelio. Nacido en Pozoblanco el 25 de diciembre de 1914, quedó huérfano de madre a los 4 años y, desde entonces, fue acogido él y su padre en casa de sus tíos. Desde niño destacó por su vivaz inteligencia. El maestro del pueblo, D. Fausto, le dio el título de “capitán” por sus buenas calificaciones. Cuando Bartolomé contaba con 11 años de edad, su padre sufrió un accidente que le ocasionó la muerte. Por necesidad tuvo que abandonar la escuela para trabajar en el taller familiar de sus tíos y primos aprendiendo el oficio de sillero, como Jesús en Nazaret. Bartolomé conoció desde la infancia lo qué significa la fatiga del duro trabajo manual y tuvo muy pronto experiencia del sufrimiento, las penurias y las privaciones.

 Con 15 años entra en relación con el oratorio del Colegio Salesiano de Pozoblanco ayudando como catequista y recibiendo a la vez acompañamiento espiritual y una buena formación cristiana. Preocupado, sobre todo, por los jóvenes obreros de su tiempo, buscaba despertar en ellos la esperanza de un futuro mejor y su dignidad perdida. Entró a formar parte de la Juventud Masculina de Acción Católica de Pozoblanco, de la que era secretario. Conoció a D. Ángel Herrera Oria, futuro cardenal, quien atraído por sus cualidades humanas y espirituales le invitó a entrar como alumno en el Instituto Social Obrero de Madrid. Se fraguó allí su alma de apóstol. “Obrero y católico”, así se llama a sí mismo. Divulgó por doquier, de palabra y por escrito, en multitud de artículos de prensa, la Doctrina Social de la Iglesia, hablando con verdadero ardor de la fe, de la dignidad de los obreros y de los pobres, de Jesucristo y de su Evangelio.

En su sólida vida interior centrada en la oración y la Eucaristía, en su amor a la Virgen y en el cuidado de su vida espiritual halló el manantial que le lanzaba a un apostolado desbordante y fecundo, llegando a fundar en toda la provincia de Córdoba 8 sindicatos católicos. Todos conocían su valía, su coherencia de vida y su arrojo para hablar sin tapujos de las verdades de fe, defendiendo a la Iglesia y denunciando los abusos cometidos contra los obreros y las erróneas doctrinas de la época.

 

Realizaba el servicio militar en Cádiz cuando estalló la guerra civil. Desde allí escribía frecuentes cartas a su familia y a su novia, Maruja. Y le llegó la hora de la prueba. Estando de permiso en Pozoblanco, fue detenido y encarcelado el 18 de agosto de 1936. De ahí le trasladaron a la prisión de Jaén donde estuvo con numerosos sacerdotes y seglares a los que alentaba y animaba a dar la vida por Jesucristo. Ante el tribunal que le condenó a muerte defendió, con profunda entereza, la fe.

Cuando le conducían al lugar donde iban a fusilarle repartió sus ropas entre los presos más necesitados. Se descalzó, pues quería subir al Calvario como Jesús. Besó las esposas que le pusieron en las manos: «Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del cielo». No quiso que le vendaran los ojos ni ser fusilado de espaldas. “Quien muere por Cristo debe hacerlo de frente…”, dijo ante el asombro de sus verdugos. Junto a una encina, tan robusta como su fe, con los brazos en cruz y mientras gritaba “¡Viva Cristo Rey!” fue fusilado. Era el 2 de octubre de 1936.

Impresionante la carta que se conserva y que escribió a su novia desde la cárcel: “…Cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos y que en este momento se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nadie nos separará”

 La carta a sus tíos y primos rebosa de sentimientos de perdón y de gozo porque pronto participaría de la gloria de Cristo en el cielo: “Sea ésta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón… Así pues, os pido que os venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. En el cielo os espero a todos…”. Fue declarado por la Santa Sede Patrono de la juventud cordobesa. Un joven con un corazón de fuego, modelo e intercesor para cuantos jóvenes luchan hoy, a veces contracorriente, por seguir a Cristo y vivir la santidad.

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