Pozoblanco

El pozoalbense Francisco Javier Domínguez finalista del Concurso de historias de inteligencia natural de Zenda

Solo diez relatos, de entre los casi mil presentados, han conseguido alcanzar la fase final de estos prestigiosos premios literarios.

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Solo diez relatos, de entre los casi mil presentados al concurso de historias de inteligencia natural convocado por Zenda, han conseguido alcanzar la fase final de estos prestigiosos premios literarios.

Entre los finalistas se encuentra el periodista pozoalbense Francisco Javier Domínguez Márquez, seleccionado por su obra “La verdadera historia de piel de pizarra”.

Zenda impulsa este certamen con el objetivo de fomentar la creación de relatos que reflejen la inteligencia natural en distintas realidades. Tal y como señalan sus organizadores, se trata de “historias reales, ambientadas en el mundo que nos rodea, en plena revolución tecnológica o en cualquier otra época, donde brille la inteligencia de un niño, de una anciana, de un hombre, de una mujer o de cualquier grupo de personas”.

El jurado está compuesto por reconocidas figuras del ámbito literario como Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. El fallo se dará a conocer el próximo jueves 30 de abril.

Junto a Francisco Javier Domínguez Márquez, completan la lista de finalistas: Inmaculada Bosch Racero con “Los hilos de la memoria”, Antonio Carmona Mercadé con “La Luna de octubre”, Fernando Claudín di Fidio con “Nena de Brétema”, Yhonais Lemus con “Cada quién habita la forma que puede”, Miguel Herazo Miranda con “Adela, estás muerta”, Silvia Teresa Robles Barragán con “Lo que el río guarda”, Milagros Moisés González Alba con “Lo que saben los vientos”, José Luis Piqueras con “La raíz y el engranaje” y María de la Torre Regidor con “Polytropos”.

El primer premio está dotado con 1.000 euros en metálico, mientras que los dos segundos premios cuentan con una dotación de 500 euros cada uno.

La presencia de Francisco Javier Domínguez Márquez en esta final supone un importante reconocimiento a su trayectoria y al talento literario surgido de Pozoblanco.

A continuación ofrecemos el relato del pozoalbense Francisco Javier.

 

Título: La verdadera historia de Piel de Pizarra

Las vacas abrían veredas en la solana. Su deambular pausado y constante ayudaba a sus dueños a convertir aquella vega en un fecundo prado. Tras una linde, las manos de los que serían sus vecinos habían trazado una huerta. Y en la huerta cavaron un pozo, anillado con pizarra. Luego vino lo demás. La choza primitiva se convirtió en casilla, con la puerta mirando al naciente, como todas las de la sierra. Sus vecinos, también trashumantes, mantenían la propiedad del agro y de las vacas, que quedaban a su albedrío en invierno. Las mostrencas saben defenderse del lobo. Por San Andrés dejó a sus tíos entre Alcudia y Los Pedroches. De Castilla a Córdoba. Él se prometió cumplir la promesa que hizo a su padre el año que bajaron de Soria hasta el Guadalquivir con un rebaño de mil merinas: “Recuerda hijo, las tierras de la sierra son libres una vez confirmada la Concordia de 1726. Cuando tengas seso y fuerza para descuajar el monte, viaja al sur en el invierno y roza la jara, conserva las encinas y los robles, levanta un chozo y deslinda 15 o 20 fanegas. Planta una viña, cava un pozo, surca un huerto. Al segundo año injerta acebuches y baja a Adamuz a por varetas de nevadillo”. Mientras contemplaba aquellas vacas por encima de la Cañada Real, sintió que no sería capaz de la proeza a la que se comprometió. Convertir aquel monte en cultivo le podría costar la vida, y por ello tenía que meditar cómo hacerlo para sobrevivir a la soberbia de la naturaleza.

De inmediato prendió fuego. Lo primero en arder, el jaral. Con la azada, arrancó haces para sumar a la pira, que avanzaba metro a metro pese a ser otoño. Trazó un plan y abrió carriles que servirían de cortafuegos. Y tras las jaras, prendió los lentiscos, las coscojas y las matas negras. A ese ritmo, podría empezar a poner estacas en primavera. Calculó. Compensaría días de lluvia con noches de tajo. Dormía poco. Cazaba zorzales con perchas de crin de caballo y conejos con trampas de losa. En el pueblo, cambiaba la proteína salvaje por pan, sal, tocino, garbanzos, huevos y herramientas. La Nochebuena la pasó espantando unos lobos que habían apresado un venado. Saló en tasajos la carne del cervuno cazado por los cánidos y cambió un jamón por media arroba de vino en el Ventorro de la Encrucijada. Aquel escaso lujo le dio fuerzas para seguir rozando el monte, liberando quercus, podando acebuches.

En la fiesta de San Antón su piel tenía el color de la pizarra. Así lo apodaron. Piel de pizarra. Tan fundido estaba con el paisaje que, en dos meses, su haza ya contaba con 30 encinas limpias y con otros tantos acebuches. Ese mismo día recogió dos sacos de aceitunas de aquellos olivos salvajes y estrujó el fruto. El proceso le llevó una noche. Juntaba puñados y los liaba en un trozo de saco, machacaba las acebuchinas y luego calentaba la masa en un caldero con agua. Poco a poco el aceite cubría la superficie. Con un cucharon de madera, iba llenando una cántara con aquel zumo verdoso, imprescindible frente al invierno.

Su cuerpo cambió. Le crecieron las manos y la espalda y no se fatigaba al subir la Umbría del Infierno. Su aspecto físico había evolucionado al tiempo que notaba cómo su alma ensanchaba y su mente viajaba a mayor velocidad. La agilidad de sus pensamientos contrastaba con las tinieblas que inundaban sus días cuando llegó a aquel paraje. Recordaba por momentos a sus tíos hacer chanza de su decisión de convertirse en pegujalero, como llamaban despectivamente a las gentes que dejaban sus quehaceres en los pueblos para colonizar aquellas sierras cuajadas de alimañas. “¿Sabes la del minero que abandonó a la familia para rozar el monte? Murió de frío y su mujer y sus tres hijos viven ahora de la caridad”. El hermano más joven de su madre castigaba sus intenciones, quizá por su incapacidad de dar el difícil paso que supondría la liberación del yugo de los amos sorianos.

Por la Virgen de Luna, vino un cambio de aires que embraveció la sierra. Las nieblas de febrero, según la sabiduría pastoril, traerían aguas en mayo, pero, hasta entonces, aquella primavera adelantada templaba la tierra. Tenía que terminar ya con las rozas de monte para buscar esquejes y varetas e iniciar injertos y plantaciones. Las de vid las consiguió en el ventorro. Podó la viña del propietario a cambio del sarmiento. Le gustaban aquellas uvas rosadas, ideales para el clarete. Y las blancas, dulces para el brisado pardillo. Los troncos y yemas nudosas de olivo las trajo de Adamuz. Ajustó la carga en el carro de un recovero a cambio de 10 docenas de zorzales.

Apenas sabía que 10 veces 100 hacen mil. Y siempre escuchó que la medida de la vara castellana que existe labrada en la piedra de una columna en Zafra es tan larga como la distancia que hay entre el dedo corazón y el hombro de un hombre adulto. Así pudo calcular que para marzo cultivaba unas tres fanegas de tierra áspera y en pendiente, pero fértil y fecunda debido a los miles de años de posío.
La ceniza de las quemas y los esquejes de vid y olivo preñaron la tierra. Agarraron. Brotaron. Como anunciaron las nieblas, llovió para Pentecostés. El pozo se llenó hasta el brocal, trazó el huerto y, en la vega, empezaron a pastar las tres vacas, que se habían venido a lo suyo para seguir haciendo hueco el monte. La cárdena parió una becerra. Compartió el calostro con el recental. Untó el blanco manjar en el pan con su aceite y se llevó a la garganta un trago de vino. En cierto modo, él también nacía allí aquel año. Respiró hondo y al instante intuyó que compartía saberes con quienes dedicaban su vida a convertir aquel paisaje en vergel.

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